Presbítero Silencio

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Por: Claudia Delgado.

 

“Este no es un cementerio, es un museo”, contestó uno de los guardianes.

El Presbítero Maestro es un lugar silencioso y lleno de polvo. Después de atravesar una oxidada puerta de rejas de metal, un largo camino -donde se confunden monumentos, mausoleos, lápidas y nichos- nos conduce, silenciosamente, al interior del lugar.

Al caminar, el piso, lleno de tierra, cubre de polvo los zapatos. Un perro mestizo, de grandes ojos cafés, mueve la cola y nos acompaña durante unos minutos. Cuando el guardían- un hombre de sonrisa amable y gesto cansado- lo llama, el can corre por uno de los largos pasadizos que tiene a los nichos como parte de su perenne decoración. Cada sección del cementerio tiene el nombre de algún santo. “San Joaquín” y “San Claudio” se disputan dos de los pasadizos que no tienen salida.

El Presbítero Maestro está ubicado en Barrios Altos. Fue inaugurado en 1808 por el Virrey Fernando de Abascal y es considerado el primer cementerio de carácter civil de América. En 1972, el camposanto fue declarado Patrimonio Monumental.

El lugar alberga 766 mausoleos donde dormitan –además de personas y familias pudientes- héroes, y personajes emblemáticos, de los siglos XIX y XX. Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar, Felipe Pinglo Alva, Ricardo Palma, Augusto B. Leguía, Miguel Grau, Daniel Alcides Carrión, son algunos de los inquilinos.

Pero los personajes menos “afortunados” parecieran conformarse con dormir en los nichos. Las inscripciones, algunas llenas de polvo y con grabados deteriorados, son testigos del silencioso pasar de los años. Si bien algunos nichos han sido saqueados – y otros parecieran rogar porque les cambien las marchitas flores que se apoyan en ellos- existen otros con suerte: tienen las rejas recién pintadas y las flores más coloridas. No es difícil diferenciarlos de sus pálidos compañeros.

A lo lejos, y casi de manera imperceptible, el ruido de algunas bocinas se confunde con el agua que corre por el río Rímac. Dentro del Presbítero no hay sonido alguno. La brisa, que cada cierto tiempo golpea suavemente en el rostro, nos entrega una extraña calma. Quizás aquella que añoran muchos lugares de la bulliciosa Lima.

Cuando el sol se oculta, la sombra embellece aún más las esculturas que adornan el cementerio. Los santos, vírgenes y ángeles se mantienen de pie, mientras los tibios rayos tocan sus desgastados cuerpos.

Los nichos también se despiden del día y, a través del vidrio que protege los epitafios, algunos juguetes que se encuentran, estáticos, esperando a sus dueños. Estamos en la sección más alejada del cementerio. Aquí duermen los niños.

Uno de los más recordados es Ricardito Espiell. Su tumba se encuentra en el pabellón del Buen Pastor. Aunque Ricardito murió en 1887,  diversos fieles se acercan, en la actualidad, a su escultura. El rollizo niño de cabello rizado, ha concedido, según la leyenda, varios milagros a quienes lo visitan. Entre los principales pedidos se encuentran las visas y el trabajo.

Así como el caso de Ricardito, hay muchas historias dentro de cada nicho. Todas permanecen en silencio, quizás resignadas a formar parte de fríos corredores, donde incontables muñecos de plástico nos siguen observando.

Es hora de irnos. Al caminar en medio de dos grandes paredes repletas de nichos, observamos un desgastado biberón de inicios de los años noventa. Un poco más allá, una descolorida muñeca Barbie sostiene la foto una niña que partió a mediados de la década del setenta. Mientras tanto, un niño amante de los payasos se queda con una buena compañía hecha de plástico,  en uno de los nichos mejor cuidados.

El Presbítero cierra sus puertas. Nos despedimos con el mismo silencio con el que fuimos recibidos.  Mientras tanto, muchas esculturas y recuerdos siguen desgastándose, día tras día, con el sol del cementerio.

Dato:

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